BONA MAGGI, UNA DISEÑADORA CON CASA EN EL PARAÍSO

Cuando en su proceso de divorcio el juez dictaminó que su marido tenía que pasarle pensión de alimentos por sus dos hijos, ella lo rechazó de plano. Este gesto, premonitorio de lo que a partir de entonces sería su vida, marcaba algo más que un carácter: “Fui yo quien quiso separarse y pensé: la libertad se paga”. Bona Maggi, italiana criada en una de las capitales de la moda europea, Milán, es de esas mujeres que se pone el mundo por montera y que a sus 79 años sigue recogiendo frutos de todo lo sembrado.

Aunque había estudiado la carrera de intérprete de francés e inglés, que nunca ejerció, hasta los cincuenta fue diseñadora de joyas. Sus comienzos fueron junto a la Escuela de Arte Breda, un entorno hippy con el que estableció una relación simbiótica que le permitió aflorar su talento.

Yo nunca fui artesana con las manos sino con las ideas, así que observaba lo que hacían los hippys, cómo trabajaban, y les trasladaba mis propias creaciones para que ellos las fabricaran”.

Una casa en el Paraíso

Con esa mano de obra a su disposición, ni corta ni perezosa acudió con sus diseños a la fería de las joyas, con tal éxito que en dos días tuvo tantos encargos como para tener que decir ¡basta!. Luego vinieron otras ferias, otros objetos para diseñar: guantes, bolsos, chapas, complementos y joyas creativas elaboradas con adminículos y piezas que encontraba en los rastros, transformándolas al combinarlas a base de talento, dándoles así vida nueva.

En esa época se había instalado ya en un cuarto piso sin ascensor en la zona de Breda. El negocio marchaba y podía sacar a sus hijos adelante. Pero el destino le tenía preparado un regalo en forma de giro a su vida. El viaje que hizo a Bali, por placer, con un amigo, a los 45 años, le dio vuelta a la cabeza: “Aquí quiero hacerme una casa”. Aquello era el Paraíso.

Los fantásticos diseños de Bona Maggi

Y en esa esquina del mundo, ocho meses más tarde, esa isla de Indonesia acogía un nuevo huésped con casa propia e intenciones de quedarse. Desde allí seguía su comercio con Italia y en ambos lados del mundo mantenía casa y negocio.

Todo el mundo copiaba mis lámparas’

Por aquel entonces estaba muy de moda en Italia el mueble colonial, así que yo los compraba en Bali y los mandaba restaurar a los carpinteros para venderlos en mi país. Luego empecé a diseñar lámparas. Había observado que allí las únicas que podías encontrar eran a base de una bombilla dentro de un bambú. Empecé a fabricarlas con todo tipo de materiales: algodón, pergamino, cerámica… Tuvieron un éxito espectacular, todo el mundo copiaba mis lámparas.”

Y cuando el mercado se satura toca reinventarse, por eso decide volver a la joyería, redescubriendo las viejas joyas del archipiélago indonesio -tradicionalmente ornamento de los mujeres- en una interpretación moderna de sustrato étnico.

Porque aunque Bali es un popular destino turístico internacional, entre sus tres millones de habitantes convive una población nativa, fundamentalmente agricultora, pescadora y artesana, con una amplia comunidad internacional que vive buena parte del año en la isla de forma permanente, como es el caso de Bona: “Con la población nativa, rara vez se dan casos de amistad” – pese a que ella se enamoró de un indonesio con quien formó pareja- “lo usual es que los extranjeros nos relacionemos entre nosotros”.

Costumbres balinesas

Ahora, treinta y cinco años más tarde de su aterrizaje en la isla, la mujer que conquistó a los balineses con sus diseños sigue creando pero “con un poco de vagancia”, confiesa. Aún así y aunque sus piernas no le responden como quisiera, sigue viajando dos veces al año a Italia a disfrutar de sus hijos y nietos, aunque uno de los tres abandonó su exitosa carrera de economista en Italia para acabar abriendo una fábrica de mozzarella en Bali.

Allí donde treinta y cinco años atrás su madre construyó su sueño sabiendo que 25 años más tarde debería abandonar el terreno ya que no todos los propietarios venden. A Bona le cumple el plazo de abandonar las tierras en 2020, pero su casa de madera puede empaquetarla e irse con la música a otra parte. Tuvo esa feliz ocurrencia porque de haber sido de ladrillo tendría que dejarla plantada en el terreno, perderla en una palabra.

Mientras tanto, la vitalidad y la curiosidad de esta casi octogenaria la siguen llevando de acá para allá, visitando amigos en España o acercándose a Montecarlo, a ver a su otra hija, para cerrar el círculo de afectos. Nosotros, después de haber visto sus diseños, quedamos esperando el mejor momento para dar un salto a Bali y traernos uno de recuerdo.

Elena Vergara