LA NUEVA ENFERMEDAD DEL S XXI

Ni el optimismo desmesurado del gerontólogo biomédico inglés, Aubrey de Grey, al afirmar que “la persona que viva eternamente ha nacido ya”, ni la confianza ciega en que los medicamentos acabarán con nuestros males. El punto intermedio en eso de sobrellevar el envejecimiento de la mejor forma posible parece apuntar a las hormonas bioidénticas. Aunque tienen sus detractores, el doctor Alfredo Belzuzarri, especialista en medicina antienvejecimiento con 53 años de experiencia en la materia, sostiene que “tenemos que envejecer, pero sin decrepitud, una enfermedad que puede evitarse con las hormonas”. Hablamos de las hormonas bioidénticas.

Es el aspecto del propio Belzuzarri (diez o quince años mayor de lo que aparenta y consumidor de las hormonas) el que parece dar la razón a su tesis: La decrepitud es una enfermedad en sí misma que puede despacharse con el suministro de hormonas bioidénticas al organismo, manteniéndolo sano y en forma como antes de la llegada del climaterio. Mujeres y hombres incluidos.

La carrera contra la decrepitud, esa merma de las capacidades físicas o mentales cuya sola mención provoca ya rechazo, se convirtió hace décadas en motor de búsqueda para crear nuevos nichos de mercado, no solo para la industria médico farmacéutica sino para toda una serie de servicios asociados al envejecimiento.

Intereses comerciales

Pero la contradicción es esencial a la vida, y cuando hay avances surgen también sectores en contra que temen perder algo con los cambios. Por eso en el ámbito científico -que no siempre es aséptico- se libran grandes batallas cuando aparecen remedios que hacen peligrar la salud económica de quienes quedan excluidos del reparto de la tarta. La tarta de la salud como negocio, no -como decía Hipócrates- como “algo a proteger y a desarrollar, como la mayor bendición humana”.

Recuerda Belzuzarri que cuando en Estados Unidos los ginecólogos, aconsejados por el informe Women’s Health Initiative suspendieron la terapia hormonal sustitutiva por riesgo a provocar infarto, trombosis, embolias, cáncer de pecho y derrames cerebrales, una gran cantidad de mujeres dejaron de usarla por miedo. Y así, de pronto, lo que antes había sido muy bueno empezó a ser muy malo.

Qué había ocurrido, pues que las multinacionales estaban invirtiendo en cultivos de soja y empezaron a sustituirse los estrógenos por la soja, para comprobarse 8 años más tarde de haberse iniciado los tratamientos que la soja no valía para esto y que además había originado una pandemia de osteoporosis”. A todo ello había que añadir la ocultación y difusión interesada de según qué informes supuestamente científicos para sacar rédito económico, como ocurrió con el caso de la soja.

Más años, pero miserables

Unos intereses comerciales siempre de fondo que en el caso de Reino Unido han llevado al Gobierno británico a crear un programa que encuentre solución al alzhéimer –Proyecto OPTIMA- por el enorme costo que le supone al país atender a quienes lo padecen. Pero cuando Paul Greengard descubrió en laboratorio que si a las placas típicas del alzhéimer se les añadía testosterona la enfermedad desaparecería, el resto de la comunidad científica se rió –dice Belzuzarri- aunque la sonrisa se les congeló cuando le dieron el Premio Nóbel.

El doctor Belzuzarri

¿Qué ocurrió después?, que como las hormonas no tienen valor comercial para las multinacionales farmacéuticas, nadie se preocupó en seguir investigando. Incluso cuando los datos avalan que los 14 años de vida que se ganaron en muchos países son miserables -según el estudio de la Fundación Bill y Melinda Gates, Global Burden of Disease-, gracias a la artrosis, el parkinson, el alzheimer y el resto de enfermedades degenerativas que sufre esta población.

O, sin ir tan lejos, esos otros datos que constatan que un 12 por ciento de personas mayores de 65 años tiene dificultades básicas para realizar algo (vestirse, levantarse, agacharse…), cifra cuatro puntos más bajos hace quince años.

Un paso de gigante

El remedio a todo este sinsentido de sufrimiento evitable, para el fundador de la Clínica Fuente de la Juventud en Marbella, son las hormonas bioidénticas, un paso de gigante frente al tratamiento sintomático convencional de reemplazo de hormonas:

Mientras que en éste la dosis es fija todo el ciclo, en el nuevo además de emplearse hormonas ‘idénticas’ a las que producimos normalmente, la administración es personalizada para cada mujer o cada hombre. Tras un análisis de los niveles de hormonas en sangre, se ve la dosis que cada uno necesita en cada momento del ciclo, lo que quiere decir que la dosis es variable, mimetizando lo que ocurre en las mujeres jóvenes”.

El tratamiento es fácil y puede hacerse de por vida, el o la paciente solo tiene que enviar una muestra de saliva al doctor, quien a su vez lo envía al farmacéutico para que haga una fórmula magistral que toma la forma de crema de estrógenos y de progesterona específica para cada persona. Lo que no es tan fácil para todo el mundo, es desembolsar los 300 euros que cuesta mensualmente.

Cómo abaratar el coste

Con este tratamiento mensual, que puede hacerse de por vida, no solo desaparecen los sofocos, la sequedad vaginal (en el caso de las mujeres) o la osteoporosis, sino los problemas del sueño o aquellos otros síntomas relacionados con el envejecimiento ya que el cuerpo sigue funcionando como antes de la llegada del climaterio.

Según el Dr. Belzuzarri en un futuro este problema se solucionará cuando la Seguridad Social acabe por asumir estos costos, pues haciéndose de forma masiva disminuirá el precio.

Cosa que posiblemente ocurra antes de lo que pensamos por la evidente correlación existente entre el déficit de hormonas sexuales y la enfermedad de alzhéimer, verdadera plaga del siglo XXI.

Elena Vergara