El móvil nos ha convertido en sujetos diferentes. Su dependencia puede responder al malestar interior y  la ansiedad.

Desde que en 1973 Martin Cooper hizo la primera llamada desde un móvil, ha llovido mucho, y seguramente este empleado de la compañía Motorola no era consciente de la revolución que acababa de iniciar. Su hallazgo cambiaría a mejor la vida de millones de personas, pero también evidenciaría la angustia del ser humano cuando se siente solo, frente a sí mismo, y constata ese sentimiento de ‘separatidad’ del que ya hablaba Erich Fromm en su Miedo a la libertad’.

Este nuevo cordón umbilical que nos mantiene permanentemente unidos al ‘otro’, (para bien y para mal), y sin el que al parecer no sabemos vivir, se ha convertido además en un chivato de nuestra mucha o poca importancia social. En nuestro tipo de sociedad, quien no es requerido con cierta frecuencia por ‘el otro’, los otros, es un bulto sospechoso para su entorno. La soledad, ni está bien vista, ni ‘viste’.

La soledad, una experiencia subjetiva.

Paradójicamente, nuestra sociedad está cada día más poblada por individuos que viven solos, bien por exigencias de sus vidas, bien por elección. En ambos casos el móvil se torna herramienta recurrente para atenuar el aislamiento y dar sentido a la fantasía de que no se está solo. Y en realidad la soledad es una experiencia subjetiva, pues se puede vivir solo sin sentirse solo, y sentirse solo mientras se comparte la vida en pareja.

En España -según datos de 2016 aportados por el Instituto Nacional de Estadística- hay más de 4.5 millones de personas que viven solas (un 10% de la población), la mayoría pertenecientes al colectivo 50+, pero el uso compulsivo del móvil  o el whatsapp ha revelado que el miedo a la soledad ha dejado de ser exclusivo de este sector de la población. Las evidencias nos dicen que son los jóvenes los que son incapaces de encontrar espacios de soledad.

Ya no somos los mismos

Y aunque a estas alturas nadie se atreva a cuestionar las ventajas del celular, cada día salen noticias sobre las repercusiones de su uso a largo plazo para la salud. Una de ellas, la resultante de una investigación del profesor de la Universidad de Nottingham, Lawrie Challis, que duró seis años, concluía diciendo que, a corto plazo, no se ha comprobado que las funciones cerebrales queden afectadas por su uso.

¿Quiere decir que si la máxima autoridad del Programa para la Investigación de la Telefonía Móvil y la Salud (MTHR) de Estados Unidos lo avala, deberíamos quedar tranquilos, al menos por el momento? Cada cual debe dar su propia respuesta. Sin embargo lo que no está tan claro es que este ‘nuevo’ juguete tecnológico no nos haya convertido ya en otro tipo de personas.

De hecho, la autora de “Our cellphones, ourselves”, Christine Rosen, sostiene que “El celular erosiona algo que está desapareciendo en la sociedad americana, la confianza en uno mismo”, al estar creando cierto tipo de dependencia. ¿O acaso no hay mucha gente a la que le produce malestar el olvido del móvil y el primer gesto mañanero, tras el encendido del ordenador, es la conexión de este otro cordón umbilical que le une al mundo?

¿Miedo a la soledad?

Veamos. Según previsiones, el crecimiento a corto plazo del mercado del móvil alcanzará los mil millones de almas, entre las que se incluyen los habitantes de África y Asia, mercados al parecer emergentes para este tipo de consumo. Sin embargo, paradójicamente, no son ni la soledad ni el aislamiento familiar las enfermedades sociales que atenazan a los habitantes de los países periféricos, sino más bien una característica de quienes nos movemos en sistemas capitalistas.

En éstos, la pérdida de referentes vuelve al individuo consumidor compulsivo, rodeado de objetos innecesarios para tapar el vacío interior. Baste comprobar la fiesta que supone acudir en familia cualquier sábado a las grandes catedrales del consumo -los centros comerciales- donde por un ratito o todo un día se fantasea con que todo marcha bien. El acto de la compra, el consumo, suele tener efectos anestesiantes  frente a las pequeñas frustraciones de la vida, hecho constatado por la medicina.

Cantos de sirena

Sin embargo -volviendo a esos continentes olvidados de los que hablábamos, y que se hacen notar con su envío de emigración- observamos que quienes vienen de allí, cuando se instalan en el primer mundo se dejan seducir de inmediato por los cantos de sirena del consumismo, y en el caso que traemos a colación -los móviles- se vuelven tan adictos a ellos como los que más.

Los 10 motivos para odiar el móvil, del responsable del mejor blog sobre tecnología del mundo, Rob Beschizza, no harán demasiado impacto entre sus usuarios. Es una vieja estrategia del capitalismo: no hay como crear la necesidad y dejarse acunar por la llamada de la ‘sociedad del bienestar’ para empezar a consumir.

En estos continentes, la colonización cultural de occidente seguramente ha seducido  con los mismos ‘juguetes’ tecnológicos que nos seducen a nosotros. Y es que al final no queda otra que concluir que el precio de la ‘civilización’ es aquello de lo que habló Freud en su ‘Malestar en la cultura’, y que el peso de la vida nos obliga a buscar satisfacciones sustitutivas, o a narcotizarnos con algo que confundimos con la necesidad –el móvil- cuando posiblemente su uso se haya convertido más que nada en un síntoma de nuestro propio malestar interior.