Si el tipo de alimentación de los humanos es determinante para su salud, por qué la industria sanitaria no propaga su evidencia. Sin enfermedad no hay negocio, eso es comprensible, por eso a menos que tengamos acciones en alguna de las multinacionales farmacéuticas lo que el sentido común exige para sobrevivir a los cincuenta sin ser ‘drogodependientes legales’ es investigar por nosotros mismos. La pregunta es: ¿Existe la dieta perfecta?

A los seres humanos nos encanta comer, tanto que solemos hacerlo en exceso. Atiborrarse de comida, llenar la tripa sin pensar en las consecuencias, en muchos casos significa tapar carencias o frustraciones de la vida cotidiana con una satisfacción inmediata. Resulta más barato, y sobre todo más gratificante, meterse entre pecho y espalda un menú diario de por vida de dos platos, pan, bebida y postre, que acudir al terapeuta para investigar el origen de ese agujero sin fondo que intentamos tapar maltratándonos.

¿Exageración?, no, constatación de hechos. La obesidad se ha duplicado en España en los últimos 20 años y un 53% de los adultos está por encima de su peso. Un problema que va más allá de la estética ya que implica un 7% del gasto sanitario, repartido entre el 17% que sufre de obesidad y el 36% que padece sobrepeso, con las enfermedades asociadas correspondientes: procesos oncológicos, cardiovasculares, diabetes, hipertensión…

Una muerte anunciada

Y si el organismo humano protesta por esta perversión del placer de la buena mesa, llevándose a la tumba entre un 16 y un 15 por ciento de hombres y mujeres como consecuencia indirecta de la gula, qué diría el planeta -nuestra alhacena de recursos- si le preguntásemos. El planeta ha hablado ya de forma elocuente y el referente científico más fiable, la revista The Lancet, lo ha puesto negro sobre blanco: o cambiamos nuestro modelo de producción y alimentación, u once millones de personas morirán anualmente de forma prematura como consecuencia indirecta de su dieta.

Esta es la conclusión a la que llegaron 36 expertos de 16 países, trabajando durante tres años en lo que han considerado la dieta saludable para las personas y para la sostenibilidad del planeta. Es la coherencia interna de este organismo vivo que es la tierra, la que dice que si se la ataca de forma inmisericorde los humanos pagaremos las consecuencias, como realmente ya está ocurriendo.

La dieta perfecta

La recomendación básica para evitar el desastre de ambos –seres humanos y planeta- sería duplicar el consumo de frutas, legumbres, frutos secos y hortalizas y reducir al 50 % el de carnes rojas y azúcar, aunque en este último caso la industria alimentaria nos la cuela por todos los resquicios. Tan es así que, según una investigación hecha por Foodwatch Holanda, el 56% de los productos de un supermercado tiene azúcar añadido sin que los percibamos como muy dulces.

Consejos nada nuevos -todo sea dicho- para quienes se preocupan de informarse y beben de fuentes solventes, normalmente alejadas de lo que marca la ortodoxia médico sanitaria. De todos es sabida la escasa atención que las facultades de medicina prestan a la nutrición en sus planes de estudio.

Por eso, para los escépticos que tachan de alarmistas o talibanes a quienes permanecen alerta a los temas alimentarios, baste decir que la comisión Eat-Lancet, responsable del informe de referencia, subraya que en el mundo occidental es excesivo el consumo de alimentos procesados y refinados, hasta el punto de ocasionar más riesgos para la salud que tabaco, drogas, alcohol y sexo no seguro juntos.

Religión y hábitos

Las emisiones mundiales de CO2, (procedentes de la industria ganadera y agrícola, entre otros agentes responsables), se reducirían con esta bajada de consumo animal, pero también habría que limitar el consumo de agua, la sobreexplotación de las tierras y hasta un 50% el desperdicio de alimentos.

Pero en lo que respecta a la dieta ideal, los expertos establecen una media de 2.500 calorías diarias, de las que además de reducir las carnes y apostar más por el pescado, sería necesario bajar también el consumo de patata, tan rica en almidones e hidratos de carbono.

Y aunque este cambio de modelo en la dieta y en la producción implica obviamente una revolución desde dentro del sistema -con subvenciones al sector agrícola, inversiones en infraestructuras, investigación o campañas de información- lo más difícil anida en la resistencia de la mente de cada individuo. Ya lo decía el doctor Grande-Covián, fundador de la Sociedad Española de Nutrición y conocido como padre de la dietética en España: es más fácil que el hombre cambie de religión que de hábitos alimenticios.

Elena Vergara