La figura de la abuela ha sido objeto de investigación científica y antropológica desde la década de los sesenta, como experiencia del desarrollo y los cambios originados a partir de la vivencia de este acontecimiento, que supone un punto de inflexión importante en nuestro reloj mental. Cuando llega el momento de la abuelidad, una no puede sino batallar con el ejército de pensamientos que empiezan a colonizar tu mente. Desde mi experiencia de abuela primeriza, puedo asegurar que la contienda se saldó en varios asaltos.

La primera reacción fue de desconcierto, me iniciaba en un nuevo rol, no esperado, dentro de mi ciclo vital. No había pensado en ello, cada vez me cuesta más nivelar mi edad cronológica, biológica y mental. Es obvio que el nuevo estado forma parte de una normalidad cuando se tienen hijos mayores, aunque la sorpresa te ponga de sopetón frente al espejo de tu propio envejecimiento, y el reflejo es tu imagen que muta en las diferentes etapas de tu vida. Ahí de pie, con la noticia a cuestas, empiezas a bregar con la ilusión, el miedo, la satisfacción, la pérdida, el deseo, una batería de sentimientos que van aumentando a medida que la gestación avanza.

No comparto la idea de considerar la relación de las abuelas con l@s niet@s como una maternidad tardía después de la menopausia. Las preocupaciones son idénticas, aunque nos evitamos las responsabilidades de la crianza y el desgaste físico y psicológico del embarazo, del parto y del postparto. Yo asumo la abuelidad como la etapa más creativa de la vida, la más fructífera, porque te permite reordenar tu relato, explorar en la memoria propia y familiar y construir una  nueva narrativa de ti misma que te lleva a disfrutar más plenamente la transición hacia la vejez.

La abuelidad invita a la pérdida de la vergüenza, a la aceptación del cuerpo, a la conciliación con tus propios demonios, al encuentro de la frescura que un día se desvaneció, a la búsqueda del impulso para emprender y al deseo de aprender, de volver a jugar y de enseñar. La abuelidad  te cura las heridas y te muestra la belleza de la vida. La abuelidad potencia tu lado canalla y rebelde, te tira de patas al suelo y, sobre todo, te devuelve la esperanza.