Desde que en 1973 Martin Cooper hizo la primera llamada desde un móvil, hasta ahora, ha llovido mucho. Seguramente este empleado de la compañía Motorola no era consciente de la revolución que acababa de iniciar. Su hallazgo, como tantos otros, cambiaría a mejor la vida de millones de personas, pero a su vez serviría para poner en evidencia, de forma palmaria, la angustia que experimenta el ser humano cuando se siente solo, frente a sí mismo, y constata ese sentimiento de ‘separatidad’ del que ya hablaba Erich Fromm en su Miedo a la libertad.

Si, porque el móvil es ese nuevo cordón umbilical que nos mantiene permanentemente unidos al ‘otro’ (para bien y para mal), sin el cual al parecer no sabemos/podemos vivir con cierta dosis de tranquilidad. Es más, uno de los valores imperantes de éxito en nuestra sociedad de consumo radica en hacer ostentación de la cantidad de llamadas que uno recibe al día, ya que eso denota nuestra importancia social, en la misma escala que la disponibilidad o no de tiempo libre. Quien no es requerido con cierta frecuencia por ‘el otro’, los otros, es un bulto sospechoso para su entorno. La soledad, ni está bien vista, ni ‘viste’.

Sin embargo, y paradójicamente, nuestra sociedad está -cada vez en mayor medida- integrada por un mayor número de individuos que viven solos, bien por exigencias del guión de sus propias vidas, bien por elección. En ambos casos el móvil se ha convertido en una herramienta recurrente para atenuar el aislamiento y darle sentido a la fantasía de que no se está solo, cuando en realidad la soledad es una experiencia subjetiva, ya que uno puede estar solo sin sentirse solo, o sentirse solo cuando se halla en grupo o comparte su vida con su pareja.

Nivel de ansiedad

Ni que decir tiene que somos seres sociales que necesitamos de los demás para hacernos a nosotros mismos, pero entre eso y el uso compulsivo de esa extensión de nuestro brazo en la que se ha convertido el móvil hay un abismo. Sobra decir que todo tiene su medida, lo que no sobra es reflexionar en voz alta sobre esa estupenda herramienta de comunicación y de trabajo que para muchos ya se ha convertido en un objeto diabólico, no sólo fuente de desequilibrio para muchas economías y de disputas -como objeto con capacidad de control- sino en la expresión más evidente del nivel de ansiedad que cada uno puede llegar a sufrir.

Todo eso sin mencionar lo que ya es de uso normalizado entre amigos que se encuentran para tomarse unas cañas y ‘ponerse al día’. Hablamos del ninguneo que implica cortar constantemente la conversación del acompañante para mirar los whatssapp que llegan o tirarse diez mminutos con cada llamada que irrumpe en la conversación porque atender al que te solicita es más importante que aqu@l a quien tienes delante.

En realidad, quien no es capaz de desconectar su móvil y anda siempre (ya sea sólo o en compañía de otros) consultando mensajes o haciendo llamadas (sin hacerle un hueco al silencio y a la soledad), posiblemente es que desconoce la importancia del término reflexión, y de lo beneficioso que para su vida puede llegar a ser conocerse a fondo y tratar de encontrarse sinceramente con su propia identidad, además de estar mostrando síntomas evidentes de ansiedad.

Vacío interior 

Según las previsiones, el crecimiento a corto plazo de este mercado del móvil alcanzará los mil millones de almas, entre las que se incluyen los habitantes de África y Asia, mercados al parecer emergentes para este tipo de consumo, cuando (sin descartar su utilidad) paradójicamente no es ni la soledad ni el aislamiento familiar la enfermedad social que atenaza a los habitantes de los países periféricos, sino más bien una característica de quienes nos movemos en los sistemas capitalistas llamados ‘avanzados’.

En nuestro ámbito cultural la pérdida de referentes ha convertido al individuo en un consumidor compulsivo que se rodea de objetos innecesarios para tapar el vacío interior. Baste comprobar la fiesta que significa acudir en familia cualquier sábado a las grandes catedrales del consumo -los centros comerciales- donde por un ratito o durante todo un día cada uno vive la fantasía de que todo marcha bien. El acto de la compra, el consumo, suele tener efectos anestesiantes frente a las pequeñas frustraciones de la vida cotidiana, hecho constatado por la medicina.

Cantos de sirena

Pero volviendo a quienes provienen de esos continentes olvidados, ahora ya vecinos nuestros por necesidad, resulta que al instalarse en el primer mundo se dejan seducir ipso facto por los cantos de sirena del consumismo, y en el caso de los móviles se vuelven tan adictos a ellos como los que más. Es una vieja estrategia del sistema capitalista: no hay como crear la necesidad y dejarse acunar por la llamada de la ‘sociedad del bienestar’ para empezar a consumir.

En sus países de origen, seguro que la colonización cultural de occidente, mediante el contacto que mantienen con el exterior les tiene comido el coco con los mismos ‘juguetes’ tecnológicos que nos seducen a nosotros. Y es que al final no parece que quede más remedio que concluir que el precio de la ‘civilización’ no es otro que aquello de lo que ya habló sobradamente Freud en su Malestar en la cultura, y que el peso de la vida nos obliga a buscar satisfacciones sustitutivas, o a narcotizarnos con algo que confundimos con la necesidad –el móvil- cuando posiblemente su uso se haya convertido más que nada en un síntoma de nuestro propio malestar interior.

Elena Vergara