La culpa la tienen los griegos. Si, en el modelo griego, el amor y la belleza sólo pueden ir unidas a la juventud, victimizando así al viejo con la marginación. Este prejuicio social, que todavía hoy lo condena a la decrepitud, la asexualidad y la mirada discriminatoria, está cambiando de signo. El psicoanálisis, con ese acento propio que le distancia de tantas otras terapias, invita a la comunidad de viejenials a reelaborar ese discurso, resumido de forma brillante en las palabras de Miguel Oscar Menassa, médico, poeta y director de la Escuela de Psicoanálisis y Poesía Grupo Cero:

La vejez, a mí también, quiso tragarme. Hubo un instante en mi vida que mis arrugas y mis dolores tenían más fuerza que mi pensamiento. En ese instante fue donde envejecí. Cuando me di cuenta que el poder sobre mí no era yo, sino las palabras, no envejecí jamás.”

Dicho en otras palabras, lo que nos decimos a nosotros mismos marca la diferencia entre sentirse bien o no, más allá de cómo nos sintamos frente al espejo al levantarnos por la mañana, o de esos achaques con los que nos pasan factura los años.

Lo que nos decimos

Y así como el marketing del adelgazamiento elimina la ‘lacra’ de la edad con el “no pesan los años, pesan los kilos”, para conseguir nuevos nichos de mercado, nosotros queremos proyectar una mirada distinta sobre una etapa de la vida donde el deseo y el goce siguen estando presentes con todas sus consecuencias.

Y si es cierto que siempre hubo individuos singulares que rompieron moldes respecto a lo que cada sociedad demandaba de ellos, también por sus años, no lo es menos que a día de hoy la proporción de personas con edad respetable, que rompen esquemas con hazañas inimaginables hace solo 50 años, ha crecido exponencialmente.

Sin ir más lejos estos días ha sido asunto de telediarios la participación de un anciano de 102 años en el Campeonato del Mundo de Atletismo 2018 celebrado en Málaga, o la de la rumana, Elena Pagu, que aseguraba no competir por premios ni dinero sino por “vivir la experiencia de competir y de saber qué se siente siendo campeona y escuchar el himno de mi país mientras la gente aplaude”.

Una joven de 92 años

Ahí está. Esta joven de 92 años empezó a moldear su carácter llevada por la necesidad, la que le obligaba a la edad ya de 9 años a recorrer 18 kilómetros diarios para asistir a la escuela. Aunque no siempre anduvo de marcha; de hecho empezó a correr poco tiempo antes de jubilarse para quitarse de encima una depresión. Un ejemplo elocuente de que pese a los avatares de la vida el discurso que nos contemos marca la diferencia entre nosotros y nuestro vecino.

Al otro lado de la balanza está una gran masa de población anciana que arrastra el estigma del prototipo griego, en donde su categoría de sabios y venerables se ve ninguneada con la llegada de la juventud democrática. Y así, lo que era un valor en sí mismo se torna en negros nubarrones como los que refleja Menassa al inicio. Es decir, pesan los pensamientos, no pesan los años.

Energía reprimida

Para el psicoanálisis, donde la sexualidad va más allá de lo genital y se proyecta a todo lo ‘tocado’ por la palabra, hay niveles en los que sufrimos una gran represión sexual, que finalmente es lo que genera el conflicto y nos distancia del goce

Dicho en otras palabras, represión sexual es toda esa energía que cohibimos y no empleamos para vivir (pese a disponer de ella), algo que nada tiene que ver con la edad cronológica sino con la forma en que estoy pensando. Pero como la forma de pensar es inconsciente, sabemos cómo pensamos por cómo vivimos, por cómo desplegamos esa sexualidad en su sentido no genital. De ahí que nuestro mayor enemigo seamos nosotros mismos.

La experta en psicología sistémica, María Jesús Iglesias, presidenta de la asociación Inarkadiazentro, explica cómo Carl Jung, el famoso psicoanalista suizo, hablaba de esta última etapa de la vida en la que distinguía varios planos: “Por un lado está la vejez física, constatación de que caminamos hacia la ‘salida’, pero por otro está la Afrodita de oro que representa la eterna juventud, la conexión con la inmortalidad, es decir, lo que ha sido es y será eternamente”.

Por eso para Jung la libido, la fuerza de vida” – dice la experta- “nos capacita para estar vivos hasta la muerte (el tránsito) y no vivir muertos. Y esa fuerza de vida se manifiesta en poder, en sexualidad como búsqueda de inmortalidad de la materia y búsqueda del goce, del placer, de felicidad expresada en muchos niveles”.

Un ejemplo elocuente

Y como el alma, esa capacidad de pensar y de sentir que tenemos hasta el último suspiro no se arruga y lo que sostiene nuestro cuerpo es el deseo, para el psicoanálisis es indispensable abrirse a la riqueza que ofrece relacionarse, comprometerse con la alegría y el amor porque ser joven es una propuesta de la mente y la salud tiene que ver con la capacidad de sustituir un ideal por otro, un amor por otro.

Un ejemplo elocuente de viejenials gozoso de la vida ha sido Hugh Hefner, el famoso fundador de la revista Playboy, icono viviente hasta el año pasado de la revolución sexual y la libertad personal, que murió a la edad de 91 años debido a causas naturales, según reza en su biografía. Más allá de su categoría de persona notable, rodeado de lujo y chicas explosivas entre las que siempre había alguna dispuesta a ocupar el lugar de esposa (sólo tuvo cuatro), Hefner siempre se puso el mundo por montera en todos los ámbitos de la vida.

Es fácil colegir que personas como él, sin miedo a abrirse a otras realidades, que se toleran bien a sí mismas, sin miedo a las palabras, no serán carne de diván, ni pasto de la represión. El psicoanálisis es la herramienta que abrirá la puerta solo a quien quiera vivir un futuro mejor, habitando otras formas de pensar la tercera edad.

Elena Vergara