LA VIDA ES LO QUE HACES DE ELLA”

Viajero impenitente, pero no turista; con edad suficiente para jubilarse, pero con una vida laboral gozosa; de percha impecable, como modelo que fue en su juventud, pero sin pareja: Stanley Braafheid es uno de esos extranjeros con quien uno puede cruzarse paseando por Málaga, pero que a diferencia del guiri, ha empezado ya a formar parte del paisaje urbano de la ciudad como uno de los nuestros. Sus 70 años no pasan inadvertidos, pero su estampa hace pensar que no es uno más y que su vida actual puede ser un ejemplo en donde mirarse.

Si, porque quién no ha soñado poder trabajar solo siete meses al año y pasarse el resto viajando y visitando amigos repartidos por el ancho mundo. Stanley lo hace. Es traductor de profesión y trabaja para una agencia holandesa que le llama cada vez que un cliente solicita sus servicios: “Ahora ya traduzco por teléfono. Hoy me llamó un psiquiatra que tenía una paciente colombiana que no hablaba holandés. Pone el altavoz y yo voy traduciendo”.

Las llamadas pueden ser de veinte minutos y el trabajo resulta rentable, pero trabajar en Holanda le proporcionaba mayores ingresos. Unas cuentas que para este espíritu libre, nativo de Curasao (antigua colonia holandesa), no cuentan: “En Holanda trabajo más y gano mucho más, pero estaba triste y aquí estoy feliz. En Málaga hay sol todos los días. Cuando llega el frío, en diciembre, me marcho a India y luego a Bali, donde tengo amigos”. Aunque hasta que llegue la migración caerá algún que otro viaje al Brasil de sus años mozos.

Stanley como figurante en Lawrence de Arabia

La música es un consuelo

Un proyecto vital que gira en torno a tres ejes principales: el trabajo, la familia y los amigos. Sin hijos, pero de una familia extensa, este hombretón de uno noventa de estatura alimenta sus afectos en sus relaciones con el entorno, una de las claves de la longevidad, junto a una vida saludable.

“Voy al gimnasio y practico meditación veinte minutos por la mañana. Pero no me jubilo porque me aburro sin trabajar. Aunque me tocara la lotería seguiría trabajando. Amo mi trabajo, yo quiero trabajar. No puedes estar todo el día viendo tele, paseando o leyendo”.

Stanley, además, es caribeño. E igual que dice, por identificación, que le encanta la gente del sur, amable, latina, abierta, conversadora, y abrir la ventana por las mañanas y ver el sol, confiesa que baila solo en casa: “en mi país la música es un consuelo” . Por todo eso se siente privilegiado, no, privilegiadísimo:”Me siento como en mi país, pero sin los míos”.

Recorriendo mundo

Los suyos, una familia que con tres años le llevó a las Antillas, y que con el tiempo desencadenó su decisión de convertirse en traductor. Su facilidad con los idiomas afloró a los cinco años cuando en la isla, donde se hablaba inglés y papimento (una lengua parecida al portugués), hacía de intérprete de su madre porque había aprendido de forma natural la lengua del lugar jugando con los niños en la calle.

La multinacional Shell se había instalado en la isla, que se había convertido en uno de los puertos más importantes del Caribe, y a Stanley le fascinaba hablar con los marineros. Además veía la televisión de Venezuela, con la que empezó a aprender español. Ahí descubre su interés por los idiomas. Su espíritu viajero hizo lo restante.

Curasao, Holanda, Grecia, Bali, Italia, Brasil y la India fueron destinos en donde recaló, asentándose y ejerciendo como en el caso de Italia de modelo. Fue portada de Uomo Vogue, hizo publicidad para i Blues -línea joven de Max Mara-, y para la creadora, (junto a Gucci y Pucci) del gran invento de la franquicia, Roberta di Camerino, uno de los grandes imperios de la moda italiana en los últimos cincuenta años; desfiló para Versace y Armani, de quien conserva su estilo inconfundeble y a quien vendió años más tarde piezas art decó que compraba en Brasil. Y al preguntarle con sorna si el modisto le tiró los tejos, responde con una anécdota: “No. Había un chico joven con él, le pregunté qué hacía y me dijo: “él hace de chico bonito”.

Y de ahí a su colaboración con la Radio Televisión Italiana, en el remake de Laurence de Arabia, que le sirvió de pasaporte para dar el salto a la televisión holandesa y empezar de nuevo, armando nuevas historias, sueños nuevos.

Un sueño truncado

Ahora, desde la tranquilidad que le proporciona su rincón al sol del sur de Europa, organiza sus próximos viajes, recibe amigos entrañables con quienes comparte vino y proyectos de futuro como si la vida no fuera a acabar nunca; dice que se emociona oyendo cantar el himno de la legión de la Semana Santa malagueña, por su dramatismo -“Soy el novio de la muerte, soy un hombre a quien la muerte hirió con zarpa de fiera”-, y habla con nostalgia de un sueño truncado por los avatares del destino: pasar sus últimos años de vida con un grupo de amigos. Es el riesgo de tener los afectos repartidos por buena parte del planeta.

“Vamos a envejecer juntos”- decían hace años- “pero uno vive en Méjico, otro en Bali, mi hermana que también se apuntaba, en Italia y otra amiga en una residencia en Milán por su demencia vascular. Era un bonito sueño”.

Una constatación de la archiconocida sentencia de John Lennon –“la vida es algo que nos va pasando mientras nos empeñamos en hacer otros planes”- que no impide a este trotamundo solitario, pero no aislado, de porte sosegado, seguir tejiendo su futuro y haciendo suyas las palabras de su madre: “life is what you make of it”. La vida es lo que tú haces de ella.

Elena Vergara