Una vez en la vida hay que ir a Santiago de Compostela.  No hace falta que creas en Dios ni que seas católico, hay que ir a ver ese algo inenarrable que congrega las energías de tanta  gente que camina con el objetivo de llegar a la catedral.  Seguramente te vendrán  ganas de hacer el camino, y además de creer en Dios . El fenómeno de los peregrinos que acaban su periplo es tan bestial que deja de ser un fenómeno religioso para convertirse en un fenómeno socio cultural .

Está claro que lo primero que haces al pisar Santiago es buscar  desenfrenadamente la Plaza del Obradoiro. Y cuando dices desenfrenadamente es así , porque en esta urbe colosal, todo, absolutamente todo confluye en el inquietante rectángulo adoquinado en el que te tiras a contemplar  la fachada principal de esa esplendorosa Catedral; confluencia de caminos, creencias y energías.

La fuerza de este lugar, realidad o leyenda , se desata cuando se descubren los restos del Apostol Santiago, allá por el 813. A partir de ahí el poder político saca partido del tema, y fue el rey astur Alfonso II el que mandó a construír la primera capilla en donde estaba  la sepultura del santo. Comienza a ser un destino de culto y peregrinación. Al tiempo ésta quedó pequeña, y Alfonso III hizo construir un templo visigótico que fue quemado. De todas formas, el auge de las peregrinaciones hicieron de Santiago uno de los feudos más ricos de la península ibérica, y en 1075 se sientan las bases de la catedral Románica que perviven hoy en día como cimientos de la actual.

La casa que dió sepultura al Apóstol Santiago es sin duda uno de los lugares mágicos del mundo. Creas o no creas en Dios, o en el Santo, en ese punto confluyen tantos proyectos, propósitos y promesas como personas pisan su suelo. Final de camino y principio de un enganche a la experiencia de la que nadie se salva en repetir, ya que parece que es tan fuera de serie la vivencia, que habrás de querer volver.

Son muchos los caminos que confluyen a ver el Santo. El francés es el más famoso,  el más transitado, y por tanto el que mejor preparado está en señalización e infraestructuras.  Hay un camino que viene del Sur, que se llama el portugués; y otro del Norte que va por la Cornisa Cantábrica.

Asi es que todos , absolutamente todos, tienen casi por mandato llegar a Santiago a ver al Santo, que se encuentra en el Altar elevado, al que puedes acceder subiendo unas escaleras, y lo ves de espaldas . Ese es el gran momento, el de abrazarlo o tocarlo, y de ahí el dicho de “llegar y besar el Santo”. Ese pequeño habitáculo está custodiado por un personaje extraño, como tantos con los que se tropieza en una ciudad como ésta, tan llena de misterios y creencias. Es portugués, lleva sotana, pero no es cura, y simplemente cuida que no se hagan excesivas fotos al San-tiago. A la vez, es una fuente de conocimiento de los secretos y misterios de la vida Compostelana.

Son muchos los pies lastimados que ves por doquier, las botas llenas de tierra, las narices quemadas por el calor o el frío, y muchas las emociones de los que han llegado hasta ahí. Algunos acuden por devoción, otros por mero desafío personal, pero al final en todas las actitudes converge la fuerza espiritual. Algunos llegan a pie, otros en bicicleta, y unos lo hacen en plan burgués con coches de apoyo y en buenos hoteles, y otros en modo peregrino raso: caminando con su mochila y durmiendo en los albergues sencillos adscriptos a la experiencia compostelana.

Si no has hecho el camino, es bonito pasarse por la Oficina del peregrino donde sellan el pasaporte que acredita tu llegada a Santiago, simplemente para ver el feeling de aquellos que han llegado a la meta. Allí verás también cantidad de información para orientarte para el día que quieras iniciarte en esta aventura adictiva que se llamará en tu vida El Camino de Santiago. También es interesante acudir a las 12.30 a la Misa del Peregrino que ocurre todos los días, a donde vienen los caminantes en ropa de Batalla, con más o menos devoción, pero con la carga emocional del deber cumplido.

La Catedral y el misterio del Apóstol Santiago el Mayor han configurado esta urbe espiritual y misteriosa. La época del barroco que terminó de decorar el interior y exterior del templo, expandió su arte en la plazas que  lo circundan y en los edificios colindantes. La ciudad está llena de monasterios, claustros y edificios nobles, y configura gran parte del centro histórico en calles porticadas que con la iluminación nocturna o con lluvia estremecen un poco.

El cambio de luces en esta villa es sobrecogedor. Tuve la suerte de estar allí unos días de mayo, de raro cielo azul y de luna llena. El silencio, la calma y el recogimiento de los peregrinos te conectan con ese “feeling” de instrospección y desafío al que se han sometido. A veces sientes música de intérpretes callejeros, y otras veces la música sale de las iglesias, y te encuentras con situaciones como ésta:

Unas monjitas cantan desafinadas una tarde cualquiera salmos al Señor

Queda mucho por contar, y lo contaremos cuando lleguemos del reto Meritene para los Amantes del Camino.